OPINIÓN | Actor secundario Bale

    La final se acabó en el momento que un señor vestido de blanco inmaculado decidió hacer la mayor obra de arte vista en una final de Champions

    Bale haciendo historia con el gol de la final de la Champions 2018 | @ChampionsLeague

    El fútbol, el deporte en general es caprichoso. Al igual que el destino. Como la vida misma. Cuando piensas que no, como Bale, sí. Cuando piensas que sí, como Salah, no. Soñar es tan impredecible que nunca sabes lo que va a ocurrir. Gareth Bale era el ‘patito feo’ del Real Madrid. En el banquillo. Sin sentirse importante. Allí donde habitan los que sí pero no lo suficiente. Los otros. Él que venía al club blanco a copar portadas de periódicos y sin embargo vio sentado los dos primeros goles de la final.

    Cuando Bale pensaba que no, sí. Corría el minuto 63 en el Olímpico de Kiev. El galés llevaba dos minutos en aquel escenario verde cuando algo sucedió. Sin tiempo para desprenderse de los nervios y con el peinado aún en perfecto estado.

    Bale paró el mundo, no para bajarse, sino para hacerlo mejor

    Cristiano Ronaldo paseaba con el balón por la banda izquierda. Justo en el momento que Marcelo le doblaba, él se marchaba para el interior buscando alguna alternativa al candado que tenían formado ocho jugadores del Liverpool. Dos líneas perfectamente alineadas de cuatro. Finalmente descargó en Casemiro que no se lo pensó dos veces y mandó un recado a Marcelo en forma de pase perfecto. Hasta aquí parecía una jugada más.

    Sin embargo, ocurrió. Algo sucedió en aquel momento. El brasileño la tocó con la izquierda y la puso con la derecha. Un viaje en el aire que duró un segundo con destino a la historia. Sin turbulencias y con un aterrizaje inesperado. Bale apareció vestido de Dios del fútbol. Paró el mundo, no para bajarse, sino para hacerlo mejor. La final se acabó en el momento que un señor vestido de blanco inmaculado decidió hacer la mayor obra de arte vista en una final de Champions. Una chilena perfecta que se coló por la escuadra. Llamarlo gol me parecería una falta de respeto al movimiento que desarrolló en el escenario aquel actor secundario. Ese del montón que vio cómo pasaba la vida sentado en el banquillo durante una hora.

    Aún faltaba lo mejor. ¿Cómo se podía celebrar aquello? El galés eligió gritar a la vez que corría hacia el banderín del córner con los brazos elevados simulando el vuelo de un pájaro para luego tirarse en plancha. Zidane, petrificado durante un instante, se llevaba una mano a la cabeza para luego sacudirla infinitas veces. Poseído por la emoción, impactado por lo que acababa de ver. Él, maestro y fuente de inspiración, no creía lo que había sucedido. 

    Una explosión de felicidad sustentada en otra Champions. La tercera consecutiva. La cuarta en cinco años. Y esto, ¿cómo se puede celebrar esto? Hay cosas que suceden porque sí. Sin explicación lógica. Ocurren sin más. Por inercia. Solo hay que asumirlo, aplaudir y venerar al campeón.

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